Biomarcadores en cardiología: una herramienta clave para desarrollar terapias más precisas y seguras

Por el Dr. Esteban López Marinaro – Investigaciones Clínicas Cuyo

En medicina cardiovascular, cada avance terapéutico comienza con una pregunta clínica bien formulada. ¿Qué paciente tiene mayor riesgo? ¿Qué tratamiento puede ofrecerle más beneficio? ¿Cómo podemos anticipar una respuesta favorable o detectar tempranamente una señal de seguridad? Estas preguntas, que parecen simples, son en realidad el punto de partida de una medicina cada vez más precisa, más rigurosa y más centrada en el paciente.

En este camino, los biomarcadores han adquirido un rol fundamental. Cuando hablamos de biomarcadores nos referimos a indicadores medibles que pueden aportar información sobre un proceso biológico, una enfermedad, una respuesta al tratamiento o un posible riesgo. En cardiología, pueden obtenerse a partir de muestras de sangre, orina u otros métodos de evaluación, y permiten observar aspectos de la enfermedad que muchas veces no son evidentes en la valoración clínica inicial. Sin embargo, el verdadero valor de un biomarcador no está solamente en poder medirlo. Su importancia depende de que esa medición sea confiable, reproducible, clínicamente interpretable y útil dentro de un contexto determinado. En investigación clínica, no alcanza con identificar una señal biológica interesante: es necesario demostrar que esa señal tiene relación con la evolución del paciente, con la respuesta al tratamiento o con la seguridad de una intervención.

Esta diferencia es central. Un biomarcador puede ser prometedor desde el punto de vista científico, pero eso no significa que esté listo para definir decisiones médicas, modificar el diseño de un ensayo clínico o reemplazar un desenlace clínico tradicional. Para llegar a ese punto, debe atravesar un proceso de validación riguroso.

El biomarcador como parte del desarrollo de nuevos fármacos

En el desarrollo de terapias cardiovasculares, renales y metabólicas, los biomarcadores pueden cumplir múltiples funciones. Pueden ayudar a seleccionar pacientes con mayor probabilidad de beneficiarse de una intervención, orientar la búsqueda de dosis adecuadas, monitorear la seguridad durante un estudio, evaluar si un fármaco está actuando sobre el mecanismo esperado o, en casos muy específicos, contribuir a definir desenlaces. Esto permite diseñar ensayos clínicos más inteligentes porque aportan información objetiva para comprender mejor qué está ocurriendo en el organismo del paciente durante una intervención terapéutica. Por ejemplo, en etapas tempranas del desarrollo de un fármaco, un biomarcador puede ayudar a demostrar si existe una respuesta biológica inicial. En fases más avanzadas, puede utilizarse para estratificar el riesgo, identificar subgrupos de pacientes o complementar la evaluación de eficacia y seguridad, en todos los casos, su utilidad depende del contexto de uso.

Este concepto es muy importante. Un mismo biomarcador puede tener valor en un escenario y no tenerlo en otro, puede ser útil para diagnóstico, pero no necesariamente para seguimiento. Puede servir para estimar riesgo, pero no para reemplazar un evento clínico. Por eso, cada biomarcador debe ser evaluado según la pregunta que intenta responder.

Dos caminos de evidencia: medición confiable y validación clínica

La revisión publicada en JACC propone analizar los biomarcadores desde dos dimensiones complementarias. La primera tiene que ver con la preparación analítica: es decir, con la calidad de la medición, esto incluye cómo se toma la muestra, cómo se conserva, qué método se utiliza para medirla, qué variabilidad puede existir y qué tan reproducibles son los resultados.

La segunda dimensión se relaciona con la validación clínica o estadística. Esto implica demostrar que el biomarcador realmente se vincula con un resultado clínico relevante, con una respuesta terapéutica o con una señal de seguridad, en otras palabras, no se trata solo de medir bien, sino de que esa medición signifique algo útil para el paciente y para la toma de decisiones.

Ambas dimensiones deben avanzar juntas: un biomarcador puede tener una medición técnicamente impecable, pero carecer de valor clínico; del mismo modo, una señal biológica puede parecer relevante, pero si no puede medirse de forma consistente y estandarizada, difícilmente pueda incorporarse con seguridad a un protocolo de investigación o a la práctica clínica, aquí aparece uno de los grandes desafíos de la investigación cardiovascular actual: transformar datos biológicos en evidencia confiable.

Precisión no es acumular datos: es saber interpretarlos

Vivimos una época en la que la medicina dispone de una enorme cantidad de información. Nuevas plataformas diagnósticas, análisis moleculares, herramientas digitales y modelos estadísticos permiten generar datos a una velocidad cada vez mayor. Pero más información no significa necesariamente mejor medicina. La precisión médica exige criterio, exige entender qué dato es relevante, en qué paciente, en qué momento y con qué objetivo. Un biomarcador solo aporta valor cuando ayuda a tomar mejores decisiones, reducir incertidumbre, mejorar la seguridad o diseñar tratamientos más adecuados.

En cardiología, esta mirada es especialmente necesaria. Las enfermedades cardiovasculares son complejas, heterogéneas y muchas veces evolucionan de manera silenciosa, por eso, contar con herramientas que permitan anticipar riesgo, medir respuesta y comprender mecanismos fisiopatológicos puede representar una oportunidad muy valiosa.

Pero esa oportunidad debe estar siempre acompañada por responsabilidad científica, ya que no todo hallazgo debe trasladarse de inmediato a la práctica. La investigación clínica existe justamente para ordenar ese proceso, validar hipótesis y proteger al paciente.

El paciente en el centro de la investigación

Cuando hablamos de biomarcadores, fármacos y ensayos clínicos, podemos caer en un lenguaje técnico que parece alejado de la vida cotidiana del paciente. Sin embargo, el objetivo final es profundamente humano: lograr tratamientos más seguros, más eficaces y mejor adaptados a cada persona. Un biomarcador bien validado puede ayudar a evitar tratamientos innecesarios, detectar riesgos antes de que se expresan

 clínicamente, seleccionar mejor a los pacientes para un estudio o identificar respuestas tempranas a una terapia. Esto no reemplaza la relación médico-paciente, sino que la fortalece, porque agrega evidencia objetiva al juicio clínico.

Desde esta perspectiva, investigar también es cuidar. Cada protocolo bien diseñado, cada medición realizada con rigor y cada dato interpretado con responsabilidad forman parte de una medicina que busca avanzar sin perder de vista la seguridad, la ética y la transparencia.

Investigación clínica: del dato al conocimiento

Uno de los grandes aportes de los biomarcadores es que permiten construir puentes entre la biología de la enfermedad y el desarrollo terapéutico. Ayudan a comprender si un fármaco actúa sobre el mecanismo esperado, si modifica una vía relevante y si esa modificación puede traducirse, eventualmente, en un beneficio clínico, pero ese puente debe construirse con método. La evidencia no surge de una medición aislada, sino de protocolos bien formulados, criterios claros, monitoreo adecuado, análisis estadístico riguroso y seguimiento clínico. Solo así un dato puede convertirse en conocimiento.

En Investigaciones Clínicas Cuyo entendemos la investigación como una extensión del cuidado médico. Nuestro propósito es contribuir a generar conocimiento sobre la prevención y el tratamiento de enfermedades mediante la aplicación de nuevas terapias, siempre bajo estándares de seguridad, ética y responsabilidad médica.

Los biomarcadores representan una herramienta cada vez más importante dentro de ese camino. No son una respuesta definitiva por sí mismos, pero sí una parte esencial de la medicina que viene: una medicina capaz de hacer mejores preguntas, seleccionar mejor a los pacientes, evaluar con más precisión y avanzar con mayor seguridad.

El futuro de la cardiología no dependerá únicamente de nuevos fármacos o nuevas tecnologías. Dependerá también de nuestra capacidad para comprender mejor la enfermedad, medir con rigor, validar con evidencia y aplicar cada avance con criterio clínico.

Bibliografía

Medscape. Biomarkers for Cardiovascular Drug Development: JACC State-of-the-Art Review. Medscape Cardiology; 2026. Disponible en: https://www.medscape.com/s/viewarticle/biomarkers-cardiovascular-drug-development-jacc-state-art-2026a1000fd3

Aimo A, Butler J, Januzzi JL Jr, et al. Biomarkers for Cardiovascular Drug Development: JACC State-of-the-Art Review. J Am Coll Cardiol. 2026;87:1950-1972. doi:10.1016/j.jacc.2025.12.072. Disponible en: https://www.jacc.org/doi/10.1016/j.jacc.2025.12.072

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